Actualizado el 5 de febrero de 2026 por Carlos José Belmonte López
La comprensión del hambre y la saciedad es fundamental para garantizar la supervivencia de los seres vivos y, en particular, se ha convertido en un tema de exploración científica crucial dada la creciente crisis de la obesidad a nivel global. Recientes investigaciones han dado un paso significativo en este campo, revelando cómo ciertas neuronas en el tronco encefálico de los ratones juegan un papel crítico en la regulación de la ingesta de alimentos.
Células del tronco encefálico
A pesar de que tradicionalmente se creía que los circuitos responsables del hambre y la saciedad se originaban en el hipotálamo, estudios anteriores con ratas descerebradas han demostrado que la regulación de la saciedad tiene lugar en el tronco encefálico. Este segmento del cerebro, que es independiente del prosencéfalo, se ha encontrado capaz de detectar las cargas gástricas y las «señales de saciedad» asociadas. Sin embargo, el mecanismo exacto que permite al tronco encefálico finalizar adecuadamente una comida en curso ha sido un enigma durante mucho tiempo.
Durante su investigación, un equipo de científicos de la Universidad de Columbia identificó un conjunto de células que, hasta ese momento, no habían sido reconocidas y que presentan características similares a otras relacionadas con la regulación del apetito. «¡Vaya, esto es interesante!», pensaron al confirmar su existencia.
Nuevas luces sobre el control del hambre
Ya existen investigaciones que describen algunos circuitos del cerebro que desempeñan un papel importante en el control de la ingesta de los alimentos. Sin embargo, hasta ahora no habían encontrado las neuronas que dan la orden de dejar de comer. La investigación señala que el cerebro debe registrar una necesidad fisiológica, sea actual o anticipada, para activar acciones relacionadas con el consumo de alimentos. Este proceso involucra la interocepción (señales internas) y la exterocepción (señales externas), además de la integración de dichas señales y la transmisión de instrucciones necesarias para llevar a cabo las complejas «secuencias apetitivas» requeridas para obtener alimento.
Tal y como explican los autores, el hambre está «codificada evolutivamente» para asegurar que un animal tenga suficiente energía para sobrevivir y reproducirse. «Es igual de importante saber cuándo comenzar a comer que el momento adecuado para dejar de hacerlo«, indican.
El enfoque de los científicos
Para entender cómo estas neuronas influían en los patrones de alimentación, los investigadores utilizaron luz para activar y desactivar estos circuitos neuronales. Al hacerlo, observaron que cuando las neuronas eran activadas por la luz, los ratones consumían porciones mucho más pequeñas. Este hallazgo sugiere que la intensidad de la activación neuronal puede establecer la rapidez con la que los animales interrumpen su ingesta de alimentos. «Curiosamente, estas neuronas no solo indican una parada inmediata, sino que ayudan a los ratones a disminuir gradualmente su ingesta de alimentos», confirma Srikanta Chowdhury, otro de los principales autores del estudio.
En este sentido, el estudios indican que «las células que hemos descubierto son especiales porque parecen integrar todos estos datos y mucho más», expresa Alexander Nectow, médico científico del Colegio de Médicos y Cirujanos Vagelos de la Universidad de Columbia. Él aclara que, a diferencia de otras neuronas que se limitan a detectar la comida, la forma en que esta llega al intestino o qué nutrientes se obtienen de ella, las nuevas neuronas recién descubiertas desempeñan un papel más amplio.
Implicaciones para la obesidad
Los investigadores también encontraron que las neuronas podían ser silenciadas por una hormona que aumenta el apetito y activadas por un agonista del GLP-1, sustancia que se encuentra en medicamentos para el tratamiento de la obesidad como el Ozempic, Wegovy o Saxenda. Esta capacidad de interpretar múltiples señales puede ayudar a regular la sensación de saciedad del organismo.
«Básicamente, estas neuronas pueden olfatear la comida, visualizarla, sentirla en la boca y en el intestino e interpretar todas las hormonas intestinales que se liberan en respuesta a la ingesta. Aprovechan toda esta información para decidir cuándo es suficiente», añade Nectow.
Los hallazgos de esta investigación son alentadores, ya que podrían abrir nuevas vías en la búsqueda de tratamientos efectivos contra la obesidad. «Creemos que es un nuevo e importante punto de partida para comprender qué significa sentirse lleno, cómo se produce y cómo se aprovecha para terminar una comida. Esperamos que puedan utilizarse en terapias contra la obesidad en el futuro», concluyen los investigadores.
Conclusión
Este tipo de investigaciones no solo enriquecen nuestro conocimiento sobre la neurociencia y la fisiología del hambre y la saciedad, sino que también ofrecen esperanzas en la lucha contra la obesidad, un problema de salud pública que afecta a millones de personas en todo el mundo. La capacidad del cerebro para regular cómo y cuándo comemos es un tema vital que merece atención y más profundidad en su estudio.

